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A mediados de los años 90, mi primo
y gran amigo, el Dr. Alberto Hernández, comenzó a
insistirme para que lo acompañase a visitar a una persona
que él había conocido días antes y le había
impresionado mucho.
En uno de esos densos días que se ciernen
sobre Güines cada verano, accedí a hacer la visita,
probablemente porque no tenía otra cosa que hacer, aunque
también sentía curiosidad por conocer a este individuo
de apellido Curbelo, después de escuchar tantas disertaciones
de mi primo sobre todas las cualidades y virtudes que, según él,
encarnaba tan ilustre personaje. El Dr. Curbelo nos abrió la
puerta y nada más verme me soltó a boca de jarro:
Tú me recuerdas a alguien. ¿Eres
familia de Jesús Hernández, ex alumno del Colegio
Salesiano San Julián?
Soy el hijo menor de un Jesús
Hernández, aunque no sé si será la misma persona
que Ud. me dice, le respondí medio cortado. Entonces nos
cedió el paso, no sin antes decirle a mi primo Alberto:
Este muchacho no sabe que lo conozco
desde que nació. La nariz de Jesús es única
y una marca de fábrica en los descendientes de su abuelo Cosita...
pero toma asiento, estimado Jadir, ¿o es Joder?
Ya me ha dicho tu padre que eres un poco revoltoso. Hace tiempo
que quería conocerte.
Intrigado, decidí sentarme, todavía
con la sorpresa de que alguien desconocido para mí, minutos
antes, tuviese tanta información acerca de mi familia y
de esa manía de algunos en llamarme Joder. No
creí necesario aclararle que me llamo Jadir. Curbelo evidentemente
sabe jugar con las palabras.
Después de conversar durante un buen
rato, siguió impresionándome. Me enteré de
que mi padre visitaba a Naldo casi todas las semanas, se sentaban
casi siempre en el mismo banco de la iglesia y compartían
muchas amistades desde los gloriosos días del Colegio Salesiano,
entre ellas, una profunda relación con los padres Méndez
y Homero. De su memoria enciclopédica extrajo tanta información
sobre mi propia familia y del pueblo en general, que me dio pena
decirle que estaba descubriendo con él lo que los cubanos
llamamos el agua tibia, temas que mí padre,
al parecer por considerarlos obvios, no había conversado
antes conmigo.
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El Dr.
Curbelo disfrutando de una refrescante bebida. Julio de 1996. |
Tanto en la primera como en las posteriores
visitas que hice al Dr. Curbelo, nunca dejó de impresionarme
cómo el tiempo y la memoria parecían haberse detenido
en su modesta residencia. Las paredes y el techo de tabloncillo
parecían acabadas de pintar. Por doquier colgaban retratos
de los padres de Naldo, de él en su juventud y también
muchas imágenes religiosas, las cuales presidía un
imponente óleo del Sagrado Corazón de Jesús.
La paz espiritual y la tranquilidad que se respiraba en la casa,
en mi opinión, podía emular con cualquier monasterio
medieval y, lógicamente, también me remontaba al
Güines que añoran las personas maduras,: la Villa que
no pude conocer, el pueblo tranquilo, bien cuidado, en plena prosperidad
y esplendor. Pero de Naldo Curbelo no sólo me impacta su
amabilidad y sentido del humor hacia todos, su calma contagiosa
y sus vastos conocimientos en historia del Municipio y de todas
las artes en general, específicamente la música clásica
y el ballet. Para mí es ejemplo de la persona humilde que
tuvo que aceptar las reglas impuestas en Cuba a partir de 1959.
Vio cómo le arrebataron su farmacia y decidió seguir
trabajando en ella, sin aceptar ninguna prebenda de los nuevos
propietarios del país.
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Nunca aceptó dirigir la botica que
había perdido y prefirió prestar sus servicios de manera
anónima, como un empleado más, sufriendo al verla deteriorarse
día tras día, hasta quedar apuntalada por varios troncos
negros que apenas pueden sostener lo que queda del edificio.
Una vez le pregunté a Curbelo porqué no
escribía sus memorias. Me contestó que le bastaba
con tener su casa llena de recuerdos. No quería hacer un
libro porque ya le conocían bastantes personas, así que
podía decir que su memoria era como una bomba expansiva,
que impactaba a muchos que le frecuentaban. Naldo sabía
que su mensaje no se dispersaba en vano, porque según me
decía, parodiando a Borges: La memoria tiene dos caras
como las monedas. Yo estoy seguro de que todos mis
amigos ya eligieron el escudo. Después de vivir casi
medio siglo bajo el comunismo, casi todos los güineros conocen
al Dr. Naldo y siguen identificando La farmacia de Curbelo,
un homenaje que brindan, a veces de manera inconsciente, a la familia
que por varias generaciones ha sido uno de los pilares más
fuertes de La Villa del Mayabeque, otra demostración inmortal
de la memoria expansiva del doctor Curbelo. |