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El paso de algunos hombres por este mundo,
deja una estela de admiración y gratos recuerdos por, sencilla
y llanamente, haber sido quienes fueron. Personas que merecieron
el aprecio y respeto de muchos por el solo hecho de haber regalado
una sonrisa, prodigado una muestra de afecto, o haber sido eco
de las inquietudes de sus semejantes. Son seres donde muchos hallan
comprensión y, tantísimos otros, agrado y satisfacción.
Son individuos que, excepcionalmente dotados, entremezclan sus
talentos con sus múltiples virtudes, proyectando, a su alrededor,
toda una cautivante magia que seduce a cuantos les rodean. Este
preámbulo de atributos y cualidades propias de no muchos,
enmarca fielmente la eminente figura que hoy nos ocupa.
Renaldo Rafael Olimpio Curbelo Gutiérrez,
nació a las 7:00 de la mañana, en el número
54 de la calle Maceo de la Villa de Güines, en el seno de
una familia católica, un martes 12 de junio del año
1923. Renaldo era el segundo de dos hijos procreados por el conocido
empresario güinero, Rafael María Curbelo Curbelo, natural
de Melena del Sur, y María Agueda Gutiérrez Gutiérrez,
oriunda de Bermeja en la provincia de Matanzas. Su hermana Georgelina,
le precedió por tres años y medio. Renaldo fue bautizado
por el Pbro. José Boher en la parroquia de San Julián
y San Francisco Xavier de los Güines, ingresando, cinco años
más tarde, en 1928, en el kindergarten de la Escuela No.
5 de dicha localidad, donde fueran sus maestras, Conchita Molina
y Aida Alvarez. Al año siguiente, cursando el primer grado,
ganó el renombrado premio escolar cubano, Beso de
la Patria, siendo su maestra, María Quirós.
Continuó sus estudios primarios en 1930 con las señoritas
Blanca y Graciela Acosta, pasando después, el 19 de septiembre
de 1932, al colegio San Julián, regenteado,
a la sazón, por el padre José Ramón Rodríguez
Núñez. Cursó, en dicha institución
docente, los restantes grados de educación primaria, tomando
en 1937 un curso de ingreso al nivel secundario, en el Instituto
No. 1 de la ciudad de La Habana. Fueron sus profesores, reconocidas
personalidades en el ámbito pedagógico de Güines
y entre ellos cabe destacar a: Joaquín Cabrera, Manuel Euan,
Asia y Africa Fernández, José Antonio Tomé,
Dr. René San Martín, y el propio padre José Ramón
Rodríguez Núñez. El 27 de noviembre de 1937,
se inaugura el Instituto de Segunda Enseñanza de Güines,
pasando Renaldo a formar parte de la primera promoción de
tan sobresaliente centro académico, y cuyo claustro se encontraba
integrado por prominentes educadores güineros, tales como:
Dra. Marina Venero, Dr. Rogelio Zaldívar, Dra. Amparo Zervigón,
Dra. Isabel Villanueva, Dr. Ricardo Bolado, Dr. Oscar Chardiet,
Dr. Nicolás Herrera, Dr. Francisco Martell, Dr. Alberto
Martell y Dra. Africa Fernández. El 8 de agosto de 1941,
se graduó con honores de Bachiller en Ciencias y Letras,
ingresando en noviembre de ese mismo año en la escuela de
Farmacia de la Universidad de La Habana, siendo entonces su rector,
el doctor Clemente Inclán, y fungiendo como decano de la
facultad, el doctor Teodoro Johnson.
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Cuatro años más tarde, después
de esforzados y arduos estudios universitarios, Renaldo obtiene,
el 30 de julio de 1945, el título de Doctor en Farmacia, comenzando
a ejercer su profesión el 2 de agosto de ese mismo año,
en la Compañía Farmacéutica de Güines,
S.A., entidad comercial que su padre hubiera fundado el 26 de septiembre
de 1916, rindiendo sus servicios profesionales, ininterrumpidamente,
en la misma empresa, durante un total de 43 años, hasta la
fecha de su jubilación, el 17 de agosto de 1988.
Su entusiasmo y dinamismo lo conducía
a participar en todo tipo de organizaciones, tanto sociales, como
cívicas y religiosas. En 1936 y en el colegio San
Julián, siendo profesor el padre Bernardo Fernández
Guerra, S.D.B., se fundó la Compañía de San
Luis Gonzaga a fin de promover los valores espirituales entre los
jóvenes que allí cursaban sus estudios. La primera
directiva estuvo compuesta por: Amalio Fiallo, presidente; Rafael
Becil Saca, secretario; y Renaldo Curbelo Gutiérrez, tesorero.
Años más tarde, se fundó en la parroquia de
Güines el grupo San Julián de la Federación
de Juventud Católica Cubana, siendo también sus primeros
directivos: Fiallo, Becil y Curbelo, motivando que alguien los
llamara: el Trío San Julián.
Transcurrido algún tiempo, perteneció a
la Unión de Caballeros Católicos y ostentó el
cargo de presidente de la Junta Parroquial de Acción Católica.
Después de los sucesos acaecidos en la República de
Cuba en 1959, todas estas asociaciones dejaron de funcionar.
Renaldo siempre poseyó una profunda
sensibilidad por las artes, particularmente, la música y,
aunque nunca recibió ningún tipo de instrucción
musical, desarrolló un alto grado de apreciación
y gusto refinado por esta disciplina artística. Fue socio
de la Orquesta Filarmónica de La Habana y de la Sociedad
Pro Arte Musical, llegando a encuadernar todos los programas de
la Filarmónica durante diez temporadas consecutivas, muchos
de los cuales contenían valiosísimos autógrafos
de, en aquel momento, los más grandes y prestigiosos virtuosos
del mundo entero, tales como: Heitor Villalobos, Igor Stravinsky,
Herbert Von Karajan, Claudio Arrau, Isaac Stearn y otras figuras
cumbres de la música universal del siglo pasado. Asistió en
forma consecutiva a todos los conciertos que promovía en
Güines la Asociación de Bellas Artes, la cual contó entre
sus presidentas a: María Fortuny de Carrara, Ada Taracido
de de Armas, Zenaida Valdés y otras distinguidas damas güineras,
por sólo citar a algunas. Escribió varios artículos
en el rotativo güinero, El Liberal, sobre los conciertos que
presentaba la Asociación de Bellas Artes, haciendo
un poco de crítica, según palabras del mismo
Renaldo, lo cual, a su vez, servía para enaltecer la valiosa
y abnegada labor de este grupo de mujeres que tanto se esforzaron
por mantener en alto el nivel cultural de la Villa.
Durante varios años se mantuvo viajando
a los Estados Unidos; a Canadá, en dos ocasiones; y a México,
una vez. En el año de 1957, asistió al Cuarto Congreso
de Farmacia Bioquímica en Washington, D.C., representando
a la sección de Botánica de la filial cubana. Siempre
aprovechó estos viajes para satisfacer su apetito musical,
asistiendo en cinco ocasiones a óperas y conciertos en la
ciudad de New York, así como a otros tantos en Washington,
D.C. y otros lugares. Su afición por la buena música,
lo llevó a que el padre Salvador Herrera, S.D.B., compositor
de gran talla y primer director salesiano del colegio San
Julián, le dedicara su obra escrita en Güines, Santa
María Sucurris Miseri, en cuya dedicatoria, graciosamente
y haciendo un juego de palabras, lo llamara: "El más
filarmónico de los farmacéuticos, y el más
farmacéutico de los filarmónicos". Existió,
entre ambos, una duradera y gran amistad, aunada por un factor
común: el amor a la música.
Siempre se mantuvo estrechamente vinculado
al colegio San Julián, donde pasara los mejores
años de su niñez, y más tarde a la sociedad
salesiana, la cual continuara la obra iniciada por los Hermanos
de la Salle en 1907, tras un período de cinco años
en que se desempeñara como una institución parroquial.
Su cooperación con los Hijos de Don Bosco y Antiguos Alumnos
Salesianos fue siempre incondicional y se enorgullece de haber
colaborado, en este sentido, con el padre Enrique Méndez,
S.D.B., en su meritoria labor conducente a estrechar los lazos
entre todos los que allí recibieron el pan de la enseñanza.
Su sentir por el padre Enrique Méndez, trasciende las fronteras
de la amistad y se remonta a los días en que este último
arribara al valle del Mayabeque, albergando una viva simpatía
por este salesiano quien, movido por su entrañable amor
por Güines, le llevara un día a decir, con genuina
franqueza: "Vivo en Puerto Rico con mi corazón en Güines".
Todo este recorrer de Renaldo por los caminos
terrenales, proporciona la más fehaciente muestra de la
condición humana que caracteriza a este gran amigo de todos.
Su afabilidad contagiosa, su espontánea inclinación
a compartir, amenamente, con los demás todas sus vivencias,
sus denodados esfuerzos y genuinos desvelos por el prójimo
y la comunidad, y su fiel compromiso con los hijos y obra de Don
Bosco, lo hacen acreedor del máximo reconocimiento que un
ser humano pueda recibir. Por ende, no podemos concluir con otras
palabras que no sean las del preámbulo: Renaldo ha sido
grande, por ser lo que es: un hombre excepcional.
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