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En enero de
1961 se tomaron fotografías de las diversas
clases, que se reproducen en estas memorias. Se adelantó
el cumplimiento de esta tradición, que anualmente
se realizaba en los meses de mayo o junio, en previsión
de que el año no terminaría con regularidad,
debido al sesgo que iban tomando los acontecimientos.
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¡Gracias,
Gerardito!
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Gerado
González Dávila
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Por los veinte años
de prisión y sufrimientos que ofrendaste
con heroica valentía y fortaleza
en aras de la libertad y dignidad a la
Patria.
El sacrificio de tu
juventud nos impele a dar en nuestra vida
la preeminencia que corresponde a los
valores del espíritu.
Nos conforta saber
que el recuerdo de tu Colegio y de tus
condiscípulos fue en algún
momento fuente de aliento y sostén
en tu larga vía dolorosa.
Tu ejemplo de grandeza
humana te ha erigido en nuestra amistad
un sitial de perenne admiración,
De él es testimonio la silla
vacía que quisimos fuera signo
de tu ausencia en nuestro grupo fotográfico
de quinto año.
Para el Colegio Salesiano
de Güinesque pervive en la
memoria y en la conciencia de sus alumnos
de ayereres preciado motivo de orgullo
y gloria.
¡Dios te premie
y te bendiga!
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Los alumnos del quinto año,
al retratarse, decidieron dejar una silla vacía,
como expresión de afectuosa solidaridad, hacia
su compañero Gerardo González Dávila.
Este hecho llegó de inmediato a conocimiento
de los cuerpos represivos, siendo incluido en los
informes sobre el Colegio como argumento de subversión.
* * * *
El Domingo
de Ramos, 26 de marzo de 1961, a petición
del Padre Mérito González, Párroco
de Güines1, la procesión del día
que es parte de los oficios litúrgicos, se
inició en la capilla del Colegio, sobre las
10:00 a.m. La participación del público
en este acto fue masiva, sobrepasando en mucho al
aflujo normal de años anteriores. Existía
gran expectación en lo referencte a las consecuencias
de esta demostración religiosa. En efecto,
el ambiente en que se realizó fue el propio
de la calma previa a la tormenta. La tensión
no expresada en acciones, sino en actitudes, era propicia
a un trágico desenlace. Algunos de los participantes
estaban armados, mientras la fuerzas comunistas presenciaban
amenazantes el desfíle. Como en ocasiones anteriores,
el sentir general se apropió de esta circunstancia
para ratificar la arraigada convicción cristiana
del pueblo y para hacer público su decidido
repudio a la imposición comunista.
Presidió la procesión
el Padre Mérito González, acompañado
del Padre Méndez. Terminado su recorrido, esta
manifestación se dirigió por las calles
Máximo Gómez y Habana hacia el Parque
Central y entró en la Iglesia parroquial, mientras
las campanas eran echadas el vuelo.
El conflicto latente no tardó
en manifestarse con violencia. Estalló el Viernes
Santo, 31 de marzo, en la tradicional representación
de la Pasión, en el Parque mencionado. La nutrida
concurrencia desbordaba aquel sitio, llenando las
calles y las aceras.
Durante la escena de la flagelación
de Cristo atado a la columna, resonaron fuertes detonaciones.
La casi totalidad de los presentes se mantuvieron
valientemente en el lugar, mientras los disparos seguían
con creciente intensidad. Un clamor general se levantó
en la plaza y sus alrededores, repitiendo rítmicamente:
¡Cuba sí, Rusia no!.
Ante el peligro del momento y la
posibilidad de una tragedia, los responsables decidieron
suspender la escenificación. La concurrencia
permaneció aún en el Parque voceando
consignas anticomunistas, sin que la amedrentara el
continuo tabletear de las ametralladoras ni el resonante
estampido de los proyectiles, al parecer de armas
de gran potencia.
Las milicias y las turbas dirigidas
por ellas aparecieron más tarde en el lugar
de los hechos, mientras la concurrencia se dispersaba
lentamente. Los arrestos y detenciones consiguientes
fueron numerosos. La Villa quedó consternada
ante el rumbo que habían tomado los acontecimientos.
Esteban Fernández Gómez,
al narrar los sucesos de ese aciago Viernes Santo
en su libro Güines de mis recuerdos, comenta
como sigue:
Alrededor de las diez
de la mañana comenzó la escenificación.
Para entonces Efrén (Bezanilla) aparecía
atado a una columna, cerca del tribunal de Pilato
y recibía los acostumbrados azotes. Y fue
en aquellos precisos momentos cuando se escucharon
los primeros disparos. Sin perder ni un segundo,
actuando magistralmente con la rapidez que el
caso requería
Tony Valenciano, Mongo
Vargas y René Alvarado corrieron hacia
el lugar donde se encontraba Efrén, rompieron
las ataduras y lo llevaron a la tienda La República
y allí lo protegieron de las turbas fidelistas,
gracias a la generosidad del dueño del
comercio, el siempre recordado Evelio Estévez.
La confusión
reinante era difícil de describir. Miles
de personas trataban de correr hacia alguna parte,
otras tantas eran pisoteadas en el suelo. Las
ametralladoras seguían hablando y dejaban
sus marcas en la fachada del Edificio (Balerdi).
El ejército y la policía fidelista
comenzaron a hacer arrestos. La estación
de policía y el cuartel estaban abarrotados
de detenidos. El gobierno estaba montando la farsa
de hacer creer que elementos anti-castristas habían
comenzado la balacera. Más tarde, tres
guaguas repletas de presos salían rumbo
a La Habana.
El pueblo de Güines
no aceptó callado ni sumisamente aquella
afrenta. Desde debajo de las piedras salían
gritos de Viva Cristo Rey. Ante aquel ataque
asesino se hizo patente la valentía del
pueblo. Nadie se acobardó.. El gobierno
ateo y materialista ametrallaba a un pueblo noble
e indefenso, y éste le enfrentaba sus pechos
abiertos. Aquellos momentos eran similares a los
que había vivido el noble pueblo húngaro,
cuando fue barrido por los miserables tanques
rusos.
En otro lugar del mismo libro se
lee:
Tirotearon la
escenificación. Dispersaron a balazos al
público que en muchos miles llenaban cada
pie cuadrado del parque
No hubo cientos
de muertos por un milagro de Dios.
Esteban Fernández describe
también en breves y vigorosos trazos un incidente
digno de recordación, acaecido en esas circuntancias:
A la Jefatura de la
Policía llegó, vistiendo su uniforme
el Comandante del Ejército Rebelde, el
güinero que junto a Fidel Castro, había
desembarcado en la Sierra Maestra. Era el Comandante
Raúl Díaz, que allí mismo
se consagraría como un cubano de mil quilates.
Raúl arrancó de su uniforme su estrella
de Comandante y dijo: Yo no fuí a
la Sierra ni combatí para que sucedieran
cosas como éstas. Creemos que, desde
aquel día, el Comandante Raúl Díaz
[Torres] firmó su sentencia de muerte con
el régimen al que tanto había ayudado.
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