Escudo del 
Colegio Salesiano 
"San Julián" 
Güines   EXALUMNO: 
Organo oficial de la Asociación 
de Antiguos Alumnos 
del Colegio Salesiano "San Julián" 
Güines, Habana, Cuba  
    

1960

 

1961

En enero de 1961 se tomaron fotografías de las diversas clases, que se reproducen en estas memorias. Se adelantó el cumplimiento de esta tradición, que anualmente se realizaba en los meses de mayo o junio, en previsión de que el año no terminaría con regularidad, debido al sesgo que iban tomando los acontecimientos.

¡Gracias, Gerardito!

Gerado González Dávila

Por los veinte años de prisión y sufrimientos que ofrendaste con heroica valentía y fortaleza en aras de la libertad y dignidad a la Patria.

El sacrificio de tu juventud nos impele a dar en nuestra vida la preeminencia que corresponde a los valores del espíritu.

Nos conforta saber que el recuerdo de tu Colegio y de tus condiscípulos fue en algún momento fuente de aliento y sostén en tu larga vía dolorosa.

Tu ejemplo de grandeza humana te ha erigido en nuestra amistad un sitial de perenne admiración, De él es testimonio la silla vacía que quisimos fuera signo de tu ausencia en nuestro grupo fotográfico de quinto año.

Para el Colegio Salesiano de Güines—que pervive en la memoria y en la conciencia de sus alumnos de ayer—eres preciado motivo de orgullo y gloria.

¡Dios te premie y te bendiga!

Los alumnos del quinto año, al retratarse, decidieron dejar una silla vacía, como expresión de afectuosa solidaridad, hacia su compañero Gerardo González Dávila. Este hecho llegó de inmediato a conocimiento de los cuerpos represivos, siendo incluido en los informes sobre el Colegio como argumento de subversión.

* * * *

El Domingo de Ramos, 26 de marzo de 1961, a petición del Padre Mérito González, Párroco de Güines1, la procesión del día que es parte de los oficios litúrgicos, se inició en la capilla del Colegio, sobre las 10:00 a.m. La participación del público en este acto fue masiva, sobrepasando en mucho al aflujo normal de años anteriores. Existía gran expectación en lo referencte a las consecuencias de esta demostración religiosa. En efecto, el ambiente en que se realizó fue el propio de la calma previa a la tormenta. La tensión no expresada en acciones, sino en actitudes, era propicia a un trágico desenlace. Algunos de los participantes estaban armados, mientras la fuerzas comunistas presenciaban amenazantes el desfíle. Como en ocasiones anteriores, el sentir general se apropió de esta circunstancia para ratificar la arraigada convicción cristiana del pueblo y para hacer público su decidido repudio a la imposición comunista.

Presidió la procesión el Padre Mérito González, acompañado del Padre Méndez. Terminado su recorrido, esta manifestación se dirigió por las calles Máximo Gómez y Habana hacia el Parque Central y entró en la Iglesia parroquial, mientras las campanas eran echadas el vuelo.

El conflicto latente no tardó en manifestarse con violencia. Estalló el Viernes Santo, 31 de marzo, en la tradicional representación de la Pasión, en el Parque mencionado. La nutrida concurrencia desbordaba aquel sitio, llenando las calles y las aceras.

Durante la escena de la flagelación de Cristo atado a la columna, resonaron fuertes detonaciones. La casi totalidad de los presentes se mantuvieron valientemente en el lugar, mientras los disparos seguían con creciente intensidad. Un clamor general se levantó en la plaza y sus alrededores, repitiendo rítmicamente: “¡Cuba sí, Rusia no!”.

Ante el peligro del momento y la posibilidad de una tragedia, los responsables decidieron suspender la escenificación. La concurrencia permaneció aún en el Parque voceando consignas anticomunistas, sin que la amedrentara el continuo tabletear de las ametralladoras ni el resonante estampido de los proyectiles, al parecer de armas de gran potencia.

Las milicias y las turbas dirigidas por ellas aparecieron más tarde en el lugar de los hechos, mientras la concurrencia se dispersaba lentamente. Los arrestos y detenciones consiguientes fueron numerosos. La Villa quedó consternada ante el rumbo que habían tomado los acontecimientos.

Esteban Fernández Gómez, al narrar los sucesos de ese aciago Viernes Santo en su libro Güines de mis recuerdos, comenta como sigue:

Alrededor de las diez de la mañana comenzó la escenificación. Para entonces Efrén (Bezanilla) aparecía atado a una columna, cerca del tribunal de Pilato y recibía los acostumbrados azotes. Y fue en aquellos precisos momentos cuando se escucharon los primeros disparos. Sin perder ni un segundo, actuando magistralmente con la rapidez que el caso requería … Tony Valenciano, Mongo Vargas y René Alvarado corrieron hacia el lugar donde se encontraba Efrén, rompieron las ataduras y lo llevaron a la tienda La República y allí lo protegieron de las turbas fidelistas, gracias a la generosidad del dueño del comercio, el siempre recordado Evelio Estévez.

La confusión reinante era difícil de describir. Miles de personas trataban de correr hacia alguna parte, otras tantas eran pisoteadas en el suelo. Las ametralladoras seguían hablando y dejaban sus marcas en la fachada del Edificio (Balerdi). El ejército y la policía fidelista comenzaron a hacer arrestos. La estación de policía y el cuartel estaban abarrotados de detenidos. El gobierno estaba montando la farsa de hacer creer que elementos anti-castristas habían comenzado la balacera. Más tarde, tres guaguas repletas de presos salían rumbo a La Habana.

El pueblo de Güines no aceptó callado ni sumisamente aquella afrenta. Desde debajo de las piedras salían gritos de Viva Cristo Rey. Ante aquel ataque asesino se hizo patente la valentía del pueblo. Nadie se acobardó.. El gobierno ateo y materialista ametrallaba a un pueblo noble e indefenso, y éste le enfrentaba sus pechos abiertos. Aquellos momentos eran similares a los que había vivido el noble pueblo húngaro, cuando fue barrido por los miserables tanques rusos.

En otro lugar del mismo libro se lee:

… Tirotearon la escenificación. Dispersaron a balazos al público que en muchos miles llenaban cada pie cuadrado del parque … No hubo cientos de muertos por un milagro de Dios.

Esteban Fernández describe también en breves y vigorosos trazos un incidente digno de recordación, acaecido en esas circuntancias:

A la Jefatura de la Policía llegó, vistiendo su uniforme el Comandante del Ejército Rebelde, el güinero que junto a Fidel Castro, había desembarcado en la Sierra Maestra. Era el Comandante Raúl Díaz, que allí mismo se consagraría como un cubano de mil quilates. Raúl arrancó de su uniforme su estrella de Comandante y dijo: “Yo no fuí a la Sierra ni combatí para que sucedieran cosas como éstas”. Creemos que, desde aquel día, el Comandante Raúl Díaz [Torres] firmó su sentencia de muerte con el régimen al que tanto había ayudado.

* * * *

continúa