Aprobado
el examen del Ingreso, me disponía a empezar los cursos
de bachillerato. A pesar del entusiasmo con que veía
acercarse el comienzo de una nueva etapa educativa, me invadía
un persistente desosiego. Traté de restarle importancia.
Pero a medida que el verano seguía su curso, se acrecentaba
mi intranquilidad causada por mi cercana partida del Colegio
Salesiano. A principios de septiembre debía proseguir
los estudios secundarios en el Instituto de Segunda Enseñanza
de Güines.
En el Colegio Salesiano "San
Julián" había transcurrido los felices
años de mi educación primaria. En él
había participado a menudo en las obras de teatro
preparadas por el inolvidable Don Antonio Gómbosi
y en las frecuentes presentaciones de coros y números
musicales organizados y dirigidos por mi tía, la Dra.
Ada Taracido de Armas. Puedo afirmar que apenas si había
actos escolares y veladas en que no se me confiara el discurso
de ocasión. Llegué incluso a dar la bienvenida
en lengua italiana al Padre Renato Ziggiotti, Rector Mayor
de los salesianos, en su histórica visita a nuestra
Villa.
Un suceso inesperado vino a
mitigar mi inquietud. El Padre Méndez, Director del
Colegio, nos sorprendió a varios alumnos de Ingreso,
entre los que me encontraba, al invitarnos a asistir diariamente
a una clase especial de inglés, que él dictaba
personalmente, de ocho a nueve de la noche. Con ella se proponía
fortalecer el estudio de esta asignatura, que integraba el
plan oficial de primer año de secundaria.
Cada día llegábamos
puntualmente al Colegio a la hora indicada, alineando nuestras
bicicletas en el patio interior, bajo los frondosos laureles
que extendían sus ramas frente al amplio pasillo contiguo
a las aulas.
En el año escolar 1956-1957
integramos aquel grupo Enrique Alejo, Arturo Álvarez,
José Armenteros, Rogelio Domínguez, Jesús
Hernández, Joaquín Hernández, José M.
López, Manuel Nicolás, Manuel Pérez
y yo. Al año siguiente, 1957-1958, Arturo Alvarez
y Reyneé Domínguez dejaron de asistir. En cambio,
se agregaron Argelio Barrios y Luis Fernández Pino,
alumnos de la sección de Estudios Comerciales. A los
anteriores nombres se debe añadir el de Alberto Ravelo
Padín, aprovechado estudiante de Comercio, quien actuó como
auxiliar del Padre Méndez en aquellas clases.
Como textos de nuestros cursos
utilizábamos los libros segundo, tercero y cuarto
de la colección llamada Fries American English Series.
Los principales procedimientos didácticos empleados
en las clases eran las tareas de traducción de palabras
inglesas al español, escritas en las cuatro columnas
en que dividíamos cada página de nuestros cuadernos;
la recitación de los diálogos contenidos en
el texto, aprendidos de memoria y escenificados por diversos
alumnos, como también las lecturas que repetíamos
a coro, grabadas muchas veces en cintas magnetofónicas.
Con la perspectiva que dan
el tiempo transcurrido y la visión madura de los hechos,
resulta evidente que, con aquella hora de clase nocturna,
el Padre Méndez se prefijó una meta que trascendía
al dominio de la lengua de Shakespeare: continuar nuestra
formación cristiana, prolongar nuestra relación
con el Colegio y mantener el esprit de corps, la cohesión
y cordial amistad que nos distinguían.
Entre otros valiosos beneficios,
esas enseñanzas contribuyeron a templarnos para la
vida, como también cooperaron al afinamiento de nuestra
facultad valorativa y crítica. Nos ayudaron a cobrar
conciencia de que el proceso de revolución social
iniciado en 1959, lejos de significar el rescate de los valores
de nuestro pueblo, acarreaba la destrucción de Cuba,
resquebrajaba sus bases históricas y aniquilaba su
dignidad, instituciones democráticas y libertades.
Las clases de inglés
nos daban, además, ocasión de sostener amenas
tertulias y de celebrar animadas fiestas de cumpleaños.
El Padre Méndez se había
propuesto no dejarnos ir, y lo consiguió mediante
el establecimiento en el Colegio del tercer año de
bachillerato, en septiembre de 1958. Casi todos los estudiantes
de las clases nocturnas de inglés reingresamos entonces
para cursar los tres últimos años de educación
secundaria, lo que realizamos con los mejores resultados
humanos y académicos. Con nosotros volvieron varios
de nuestros antiguos compañeros de Colegio - Luis
Bin, Mariano Domínguez, Iván Martínez,
Lázaro Naya y José Antonio Valeri, como también
Antonio Hernández Ravelo, alumno de nuevo ingreso.
Huelga decir que durante el
curso escolar 1958-1959 proseguimos, con la dedicación
e intensidad de los años anteriores, nuestra clase
de la noche, que complementaba el período regular
de inglés, impartido en el horario diurno.
Hoy nos preguntamos el porqué de
este empeño, desplegado en forma tan insólita
y apremiante por el entonces Director del Colegio Salesiano San
Julián, como si un destino inesquivable e inminente
lo requiriera. ¿Fue acaso una de esas corazonadas
que, penetrando lo imprevesible, se anticipaban a los acontecimientos? ¿O
tal vez efecto de una premonición inconsciente de
lo que habría de ocurrir en nuestro porvenir inmediato?
Lo cierto es que nuestro progreso - firme y acelerado - en
el idioma inglés resultó providencial, ya que
gran parte de nosotros tuvimos que emigrar poco después
a los Estados Unidos de América, verdadera tierra
de promisión para todos los perseguidos por sus ideales
de justicia y libertad, a causa de la tragedia que se abatió sobre
nuestra tierra cubana.
Incontables son los recuerdos
y anécdotas que fluyen a mi memoria, imposibles de
escribir por su elevado número. Lo que no puedo omitir
es el reconocimiento de la ilimitada abnegación y
la labor incansable del Padre Méndez, para que fuéramos
- en sus palabras de entonces - lo mejor de lo mejor.
A distancia de treinta años
del comienzo de nuestras memorables clases de inglés,
que fueron en realidad enseñanza de los más
altos valores, recorro con nostalgia el luminoso camino de
nuestra educación salesiana, y no puedo menos que
comprobar una vez más la auténtica excelencia
de la labor formativa cumplida por los hijos de San Juan
Bosco. La realidad de nuestro presente - nuestra fe, nuestros
principios, nuestra preparación cultural y profesional
- ahonda sus raíces en aquellos años de escolaridad
en el Colegio Salesiano de Güines.
Entre las figuras a las que
adeudamos mayor afecto y agradecimiento se encuentra, en
lugar destacado, quien, además de haber sido maestro
de gran capacidad pedagógica, supo guiarnos con sabiduría,
firmeza y bondad en la etapa juvenil de nuestra vida, el
Padre Enrique Méndez Norma, Salesiano de Don Bosco. |