Escudo del 
Colegio Salesiano 
"San Julián" 
Güines   EXALUMNO: 
Organo oficial de la Asociación 
de Antiguos Alumnos 
del Colegio Salesiano "San Julián" 
Güines, Habana, Cuba  
    
Una Corazonada Providencial
Carlos M. Taracido Rubio

Aprobado el examen del Ingreso, me disponía a empezar los cursos de bachillerato. A pesar del entusiasmo con que veía acercarse el comienzo de una nueva etapa educativa, me invadía un persistente desosiego. Traté de restarle importancia. Pero a medida que el verano seguía su curso, se acrecentaba mi intranquilidad causada por mi cercana partida del Colegio Salesiano. A principios de septiembre debía proseguir los estudios secundarios en el Instituto de Segunda Enseñanza de Güines.

En el Colegio Salesiano "San Julián" había transcurrido los felices años de mi educación primaria. En él había participado a menudo en las obras de teatro preparadas por el inolvidable Don Antonio Gómbosi y en las frecuentes presentaciones de coros y números musicales organizados y dirigidos por mi tía, la Dra. Ada Taracido de Armas. Puedo afirmar que apenas si había actos escolares y veladas en que no se me confiara el discurso de ocasión. Llegué incluso a dar la bienvenida en lengua italiana al Padre Renato Ziggiotti, Rector Mayor de los salesianos, en su histórica visita a nuestra Villa.

Un suceso inesperado vino a mitigar mi inquietud. El Padre Méndez, Director del Colegio, nos sorprendió a varios alumnos de Ingreso, entre los que me encontraba, al invitarnos a asistir diariamente a una clase especial de inglés, que él dictaba personalmente, de ocho a nueve de la noche. Con ella se proponía fortalecer el estudio de esta asignatura, que integraba el plan oficial de primer año de secundaria.

Cada día llegábamos puntualmente al Colegio a la hora indicada, alineando nuestras bicicletas en el patio interior, bajo los frondosos laureles que extendían sus ramas frente al amplio pasillo contiguo a las aulas.

En el año escolar 1956-1957 integramos aquel grupo Enrique Alejo, Arturo Álvarez, José Armenteros, Rogelio Domínguez, Jesús Hernández, Joaquín Hernández, José M. López, Manuel Nicolás, Manuel Pérez y yo. Al año siguiente, 1957-1958, Arturo Alvarez y Reyneé Domínguez dejaron de asistir. En cambio, se agregaron Argelio Barrios y Luis Fernández Pino, alumnos de la sección de Estudios Comerciales. A los anteriores nombres se debe añadir el de Alberto Ravelo Padín, aprovechado estudiante de Comercio, quien actuó como auxiliar del Padre Méndez en aquellas clases.

Como textos de nuestros cursos utilizábamos los libros segundo, tercero y cuarto de la colección llamada Fries American English Series. Los principales procedimientos didácticos empleados en las clases eran las tareas de traducción de palabras inglesas al español, escritas en las cuatro columnas en que dividíamos cada página de nuestros cuadernos; la recitación de los diálogos contenidos en el texto, aprendidos de memoria y escenificados por diversos alumnos, como también las lecturas que repetíamos a coro, grabadas muchas veces en cintas magnetofónicas.

Con la perspectiva que dan el tiempo transcurrido y la visión madura de los hechos, resulta evidente que, con aquella hora de clase nocturna, el Padre Méndez se prefijó una meta que trascendía al dominio de la lengua de Shakespeare: continuar nuestra formación cristiana, prolongar nuestra relación con el Colegio y mantener el esprit de corps, la cohesión y cordial amistad que nos distinguían.

Entre otros valiosos beneficios, esas enseñanzas contribuyeron a templarnos para la vida, como también cooperaron al afinamiento de nuestra facultad valorativa y crítica. Nos ayudaron a cobrar conciencia de que el proceso de revolución social iniciado en 1959, lejos de significar el rescate de los valores de nuestro pueblo, acarreaba la destrucción de Cuba, resquebrajaba sus bases históricas y aniquilaba su dignidad, instituciones democráticas y libertades.

Las clases de inglés nos daban, además, ocasión de sostener amenas tertulias y de celebrar animadas fiestas de cumpleaños.

El Padre Méndez se había propuesto no dejarnos ir, y lo consiguió mediante el establecimiento en el Colegio del tercer año de bachillerato, en septiembre de 1958. Casi todos los estudiantes de las clases nocturnas de inglés reingresamos entonces para cursar los tres últimos años de educación secundaria, lo que realizamos con los mejores resultados humanos y académicos. Con nosotros volvieron varios de nuestros antiguos compañeros de Colegio - Luis Bin, Mariano Domínguez, Iván Martínez, Lázaro Naya y José Antonio Valeri, como también Antonio Hernández Ravelo, alumno de nuevo ingreso.

Huelga decir que durante el curso escolar 1958-1959 proseguimos, con la dedicación e intensidad de los años anteriores, nuestra clase de la noche, que complementaba el período regular de inglés, impartido en el horario diurno.

Hoy nos preguntamos el porqué de este empeño, desplegado en forma tan insólita y apremiante por el entonces Director del Colegio Salesiano “San Julián”, como si un destino inesquivable e inminente lo requiriera. ¿Fue acaso una de esas corazonadas que, penetrando lo imprevesible, se anticipaban a los acontecimientos? ¿O tal vez efecto de una premonición inconsciente de lo que habría de ocurrir en nuestro porvenir inmediato? Lo cierto es que nuestro progreso - firme y acelerado - en el idioma inglés resultó providencial, ya que gran parte de nosotros tuvimos que emigrar poco después a los Estados Unidos de América, verdadera tierra de promisión para todos los perseguidos por sus ideales de justicia y libertad, a causa de la tragedia que se abatió sobre nuestra tierra cubana.

Incontables son los recuerdos y anécdotas que fluyen a mi memoria, imposibles de escribir por su elevado número. Lo que no puedo omitir es el reconocimiento de la ilimitada abnegación y la labor incansable del Padre Méndez, para que fuéramos - en sus palabras de entonces - lo mejor de lo mejor.

A distancia de treinta años del comienzo de nuestras memorables clases de inglés, que fueron en realidad enseñanza de los más altos valores, recorro con nostalgia el luminoso camino de nuestra educación salesiana, y no puedo menos que comprobar una vez más la auténtica excelencia de la labor formativa cumplida por los hijos de San Juan Bosco. La realidad de nuestro presente - nuestra fe, nuestros principios, nuestra preparación cultural y profesional - ahonda sus raíces en aquellos años de escolaridad en el Colegio Salesiano de Güines.

Entre las figuras a las que adeudamos mayor afecto y agradecimiento se encuentra, en lugar destacado, quien, además de haber sido maestro de gran capacidad pedagógica, supo guiarnos con sabiduría, firmeza y bondad en la etapa juvenil de nuestra vida, el Padre Enrique Méndez Norma, Salesiano de Don Bosco.

Miami, Florida
Junio de 1986

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