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Si los recuerdos
se relacionan con un lugar en el que hemos
pasado gran parte de nuestra juventud,
nos resultan más gratos y con mayor
facilidad vuelven a nuestra mente.
Ese es mi
caso en lo referente al Colegio Salesiano
de Güines, desde su ubicación
original en la antigua casa de la Calle
Pinillos, hasta el triste momento en que,
por razones de todos conocidas, pasó
a otras manos.
Cuando lo
recuerdo vienen a mi mente aquellos días
en que preparábamos las tómbolas
destinadas a allegar fondos para ampliar
sus locales o para extender el radio de
acción del Colegio, que era para
todos un segundo hogar.
Nunca he olvidado
el entusiasmo con que se celebraban las
alegres y sugerentes novenas de Navidad.
Cada 24 de diciembre, al terminarse la
función sagrada, hacíamos
filas junto a los niños en los
amplios corredores del Colegio, para participar
en la rifa con que se premiaba a los asistentes.
Pienso en
la emoción que experimenté
en el último año, cuando
fui agraciada con una preciosa imagen
del Niño Jesús, que no pudo
acompañarme al exilio y que tal
vez esté en Güines esperando
mi regreso.
Tuve la dicha
de ser socia de la Archicofradía
de María Auxiliadora, de la que
fue siempre alma mi inolvidable amiga
Aida García Curbelo.
Otra de las
mejores memorias que guardo del Colegio
Salesiano son las de mi trabajo en sus
aulas como profesora y las del tiempo
que allí pasaron mis queridos sobrinos,
en el maravilloso sistema educativo de
Don Bosco y de sus hijos. Bajo esa inspiración
e influjo formaron su carácter
en el molde de la fe y orientaron sus
vidas, guiados por los más nobles
ideales cristianos.
¡Cuánto
pudiera decir de mis alumnos de Bachillerato,
aquellos simpáticos muchachos que,
al acercarse el período de exámenes,
iban día a día a mi casa
a las seis de la mañana para repasar
sus nociones de física, ya que
no me era posible atenderlos en una hora
más cómoda!
Otro aspecto
de mi labor en el Colegio fue la tocante
a la preparación de coros y a la
presentacióntanto en el Liceo
de Güines como en La Habanade
grupos folklóricos formados por
mis guajiritos cantando las típicas
décimas de nuestros campos. En
esos cuadros musicales afloraron el talento
y la vocación de grandes artistas,
como Roberto Torres y Frank Pérez,
quienes se destacan hoy en la música
cubana.
No había
actividad artística, social o religiosa
organizada por el Colegio en la que no
estuviera presente. Sólo me interesaba
cooperar con ese plantel, al que estaba
tan vinculada.
Allí
tenía al Padre Roberto, aquel viejito
que, a través del ministerio de
la confesión, nos ayudaba a ser
mejores en nuestra vida. ¡Cuánto
lo he extrañado en los veinticinco
que han pasado desde entonces!
¡Cómo
recuerdo a Don Antonio, que convertía
en artistas a aquellos dichosos niños
que tenía a su cuidado o que tomaban
parte en sus programas teatrales! Fueron
dichosos, como todos los que pasaron por
las aulas del Colegio Salesiano y recibieron
en él una preparación de
excelencia para su porvenir.
Allí
tuvimos un director espiritual y un amigo
de exceptional valorel Padre Enrique
Méndez Norma, sacerdote entregado
por entero a su misión y eminente
educador de la juventud. El ha sabido
prolongar la unión de la gran familia
salesiana de Güines, a pesar de nuestra
dispersión por el mundo. El mantiene
viva la llama del recuerdo en sus alumnos
de esos tiempos y en los familiares de
éstos, lo que nos hace sentir que
el Colegio Salesiano de Güines no
ha desaparecido, sino que continúa
viviendo
en la memoria y en el corazón
de todos los que nos beneficiamos a su
sombra.
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